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empezó inmediatamente a evacuar, de tal manera que
la señora, asustada, se puso a gritar:
((**It8.512**)) -íQue
se muere! íQue se muere!
Y don Bosco la calmó:
-Esté tranquila que no se muere; su cuerpo ha
vuelto a la normalidad.
Ordenó que llevaran al enfermo sus vestidos,
que hacía mucho tiempo estaban retirados. Los
presentes, más conmovidos que extrañados,
observaban a ver en qué acabaría todo. En aquellos
momentos entró el médico y, al contemplar los
preparativos, gritó contra su imprudencia e
intentó por todos los medios disuadir al enfermo.
Pero éste, protestando que era dueño y libre de
sus actos, quiso a toda costa seguir las
sugerencias de don Bosco.
Los familiares querían ayudarlo, pero el Santo
los detuvo, y en poco tiempo el enfermo estuvo
vestido, se paseó por la estancia, y mandó poner a
punto el carruaje. Antes de salir, pidió el señor
algún refrigerio y le presentaron unos alimentos
que comió con tanto apetito, como no había
experimentado hacía mucho tiempo.
Bajó después la escalera por sí mismo, ya que
don Bosco prohibió absolutamente que se le
ayudase, subió al coche, fue al Banco, volvió
jubiloso y entregó a don Bosco las tres mil liras,
dándole las gracias y repitiendo:
-Estoy completamente curado.
-Diole don Bosco las más expresivas gracias y
le animó a agradecer su curación a Jesús
Sacramentado y a María Santísima Auxiliadora, los
únicos que habían producido el extraordinario
cambio.
Apenas entró el Venerable en el Oratorio se
encontró con la persona que le esperaba para el
cobro de la cantidad que, con asombro de don
Miguel Rúa y de los otros superiores de la casa,
pudo ser pagada al instante.
Otro hecho había acontecido poco antes, pero de
índole muy diversa, y que prueba lo que se lee en
el capítulo V del Eclesiástico, esto es, que
desagrada al Señor la promesa infiel y necia.
Atestigua Pedro Enría habérselo oído narrar al
mismo Siervo de Dios.
Un día fue invitado don Bosco a hacer una
visita a una noble ((**It8.513**)) familia
de Turín, con la que nunca había tenido ninguna
relación. El Marqués y la Marquesa le recibieron
con grandes muestras de respeto y le dijeron:
-Le hemos molestado haciéndole venir hasta
aquí, aunque sabemos que tiene muchísimo trabajo.
El Siervo de Dios respondió:
(**Es8.436**))
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